Apagar incendios todos los días no es hacer buena logística

Fredy Cabrera

10/16/20265 min read

Cuando la urgencia se vuelve rutina, el problema ya no es el embarque del día. Es el proceso que lo está provocando.

En logística, las urgencias existen.

Un cliente cambia una instrucción de último momento. Un proveedor no entrega a tiempo. Un documento llega incompleto. Una unidad se retrasa. Aduanas solicita información adicional. El inventario no coincide con lo esperado.

Todo eso forma parte de la operación.

El problema comienza cuando lo extraordinario deja de ser extraordinario.

Cuando todos los días hay correos marcados como “URGENTE”, transportes esperando instrucciones, documentos que llegan minutos antes de un cruce, proveedores que no confirman, almacenes preguntando qué hacer y varias áreas intentando resolver al mismo tiempo, ya no estamos hablando de una operación ágil.

Estamos hablando de una operación reactiva.

Y aunque apagar el incendio del día puede dar la sensación de que el equipo funciona bien, muchas veces ocurre exactamente lo contrario: personas muy capaces están compensando un proceso que necesita mejorar.

Resolver no siempre significa corregir

Uno de los errores más comunes en logística es confundir sacar adelante una operación con solucionar el problema que la puso en riesgo.

Imaginemos un caso sencillo.

Una unidad llega a recoger mercancía.

La carga está físicamente lista.

El cliente espera que el embarque salga ese mismo día.

Pero la documentación todavía no está completa.

Empiezan entonces las llamadas, los mensajes, las escalaciones y la presión para resolver.

Finalmente llegan los documentos y el camión puede salir.

Desde una perspectiva inmediata, el problema quedó resuelto.

Pero si la siguiente semana ocurre exactamente lo mismo, realmente nunca se corrigió nada.

Solo se apagó el incendio.

La verdadera mejora comienza cuando alguien pregunta:

¿Por qué volvió a suceder?

Muchos incendios logísticos empiezan antes de que llegue el transporte

En ocasiones, el transporte termina siendo el punto donde el problema se hace visible.

La unidad está esperando.

El chofer pregunta cuánto falta.

Comienzan a generarse tiempos muertos.

La recolección corre riesgo de reprogramarse.

Y la conversación rápidamente se convierte en un problema de transporte.

Sin embargo, el origen puede estar mucho más atrás.

Tal vez nadie confirmó que la mercancía estuviera completamente disponible.

Quizá faltaba una autorización.

La factura comercial todavía tenía discrepancias.

El packing list no coincidía con la carga.

El proveedor no confirmó cantidades.

La cita no estaba asegurada.

O simplemente se solicitó el transporte antes de validar que la operación estuviera realmente lista.

El camión no creó el problema.

Solo llegó al momento en que ya no era posible esconderlo.

Por eso, para mí, una de las preguntas más importantes antes de posicionar transporte es muy sencilla:

¿El embarque está físicamente listo o realmente está operativamente listo?

No siempre significa lo mismo.

La operación en modo incendio tiene señales muy claras

Hay síntomas que empiezan a repetirse cuando una operación trabaja de forma demasiado reactiva.

Por ejemplo:

  • solicitudes de transporte de último minuto;

  • documentos incompletos o enviados tarde;

  • constantes reprogramaciones;

  • unidades esperando por liberaciones;

  • proveedores que requieren seguimiento permanente;

  • responsabilidades poco claras entre áreas;

  • cambios de instrucciones sin un proceso definido;

  • información distribuida entre correos, llamadas y mensajes;

  • incidencias similares que ocurren una y otra vez;

  • decisiones que dependen de una sola persona que “sabe cómo resolverlo”.

Cada uno de estos eventos puede parecer pequeño.

Pero cuando se acumulan, terminan impactando tiempos, costos, servicio y capacidad operativa.

Además, generan algo que pocas veces aparece en un KPI: desgaste del equipo.

Trabajar permanentemente bajo presión hace que las personas dediquen más tiempo a reaccionar que a mejorar.

Una operación no debería depender de héroes

En muchas organizaciones existen personas que conocen perfectamente la operación.

Saben a quién llamar.

Saben qué documento falta.

Saben cómo resolver una excepción.

Saben con quién escalar.

Gracias a ellas, muchas operaciones logran salir adelante.

Eso habla muy bien de las personas.

Pero puede hablar mal del proceso.

Si una operación solo funciona porque alguien específico está presente, entonces existe una dependencia que tarde o temprano se convierte en riesgo.

Un proceso robusto debería permitir que la información, responsabilidades y criterios de decisión estén suficientemente claros para que la operación no dependa exclusivamente de conocimiento informal.

Aquí es donde herramientas como los SOPs, checklists, matrices de responsabilidad y puntos de control dejan de ser documentos administrativos y se convierten en herramientas operativas.

Un buen procedimiento no sirve para llenar una carpeta.

Sirve para que las personas sepan qué debe pasar, quién debe hacerlo, cuándo debe ocurrir y qué hacer cuando algo sale diferente.

Lo que no se mide se vuelve “normal”

Otro problema aparece cuando las incidencias se resuelven, pero nadie las registra.

El embarque salió.

El cliente recibió.

Caso cerrado.

Pero se pierde información valiosa.

¿Cuántas veces llegó tarde la documentación?

¿Cuántas unidades tuvieron tiempo de espera?

¿Cuántos embarques fueron reprogramados?

¿Qué proveedor concentra más incidencias?

¿Cuáles son las principales causas de retraso?

¿Cuánto tiempo tarda cada área en responder?

Sin esa información, los problemas se convierten en anécdotas.

Con datos, empiezan a convertirse en patrones.

Y cuando aparece un patrón, ya podemos trabajar en una causa.

Por eso los KPIs no deberían existir únicamente para llenar dashboards.

Un indicador útil debe ayudar a tomar una decisión.

OTIF, lead time, tiempos de espera, porcentaje de incidencias, cumplimiento documental o nivel de servicio pueden ser herramientas muy valiosas si realmente ayudan a identificar dónde está fallando el proceso.

¿Qué hace diferente una operación madura?

Una operación madura no es aquella donde nunca pasa nada.

Eso no existe.

En logística siempre habrá variables fuera de control: clima, tráfico, capacidad, errores humanos, sistemas, cambios del cliente, proveedores, autoridades y muchas otras.

La diferencia está en cómo responde la organización.

Una operación madura:

  • identifica causas raíz;

  • registra incidencias;

  • mide recurrencias;

  • define responsables;

  • establece puntos de control;

  • documenta procesos;

  • revisa el desempeño de proveedores;

  • utiliza indicadores para anticipar desviaciones;

  • y aprende de los problemas que ya ocurrieron.

La meta no es eliminar completamente las urgencias.

La meta es evitar que la misma urgencia aparezca diez veces.

De apagar incendios a prevenirlos

Hay una diferencia enorme entre un equipo que sabe reaccionar y uno que además sabe aprender.

El primero puede resolver una crisis.

El segundo utiliza esa crisis para fortalecer la operación.

Cada incidencia debería dejar algo:

una mejora en el proceso,
un nuevo control,
una responsabilidad más clara,
una actualización al procedimiento,
un indicador,
o al menos una lección documentada.

Si después de resolver un problema todo continúa exactamente igual, probablemente solo estamos esperando que vuelva a suceder.

Y en logística, normalmente vuelve a suceder.

Conclusión

Resolver urgencias forma parte de nuestro trabajo.

Hay días donde toca reaccionar, priorizar y sacar adelante la operación con la información disponible.

Eso también es logística.

Pero no deberíamos confundir la capacidad de reaccionar con una buena gestión operativa.

Una operación realmente sólida no se mide solamente por cuántos incendios logra apagar.

También se mide por cuántos evita que vuelvan a empezar.

La urgencia ocasional es parte de la logística. La urgencia permanente es una señal de que el proceso necesita cambiar.